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Luces en la penumbra
En el oscuro abismo de sus pensamientos, ella navegaba entre sombras que la envolvían como un manto frío. Las migrañas, como tormentas recurrentes, amenazaban con ahogarla en la desesperación. Pastillas efímeras se deslizaban por su garganta, buscando calmar la tormenta interna.

Entre susurros de ansiedad y murmullos de tristeza, la melodía de la vida parecía desvanecerse. Pero en medio de ese silencio gris, una figura delicada emergió como un rayo de luz en la penumbra. Una chica con ojos llenos de compasión y manos dispuestas a tejer esperanza.

Sus palabras eran como suaves caricias en el alma herida, hilando historias de resiliencia en el tejido de la desdicha. Despacio, con paciencia, le enseñó a bailar con la tormenta, a abrazar las lágrimas como gotas que nutrían el jardín de su corazón.

Esa chica, con su presencia como medicina, transformó las pastillas en risas, convirtiendo la lucha diaria en un poema de superación. Juntas desafiaron a las sombras, explorando los rincones ocultos de la mente y descubriendo la belleza en la fragilidad.

No hubo un final predecible, solo capítulos entrelazados en un lienzo de emociones. La chica de los ojos compasivos y la protagonista encontraron en sus abrazos un refugio donde las tormentas perdieron su fuerza, y la migraña se desvaneció como una neblina matutina.

Así, entre risas y lágrimas compartidas, la chica que una vez se sintió hundida redescubrió la alegría de vivir. Juntas exploraron los matices de la curación, renovando la esperanza con cada amanecer compartido.
© M