...

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El Silbón
Cuando el chubasco enrarece a Guanare, la noche amortigua
sendas al paso, con fango y hedor, y al nervio dilata,
porque el silbido que inquieta la trágica, la vieja estantigua,
es la tormenta pesada que hiela y al sueño maltrata.

Hijo maldito que carga el macuto con huesos de infieles
—sucios osarios de gentes que al mito no puso la oreja—,
sienta a la puerta, calcula el marfil, extirpa las pieles.
Puso el abuelo la multa adecuada que ha tiempo le aqueja.

Cerca su silbo: perturba la espalda; si lejos se escucha:
no desconcierta, ni agita el aliento sujeto al vislumbre,
porque su hambruna de muerte no escoge la ahíta casucha,
porque su ahogo de noches engaña su cruenta costumbre.

Para espantarlo, el ají que le azore, el cuero que hostigue,
o la amenaza del perro tureco que a fuga le obligue.