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Lo que me mató me hizo fuerte
En los abismos más oscuros, donde las sombras se entrelazan y los suspiros se confunden con el viento, encontré mi resiliencia. Fue allí, en la fragilidad de mi alma, donde la muerte me rozó con sus dedos gélidos y me susurró secretos ancestrales.

La pérdida, como un cuchillo afilado, atravesó mi corazón. El dolor se convirtió en un compañero silencioso, una sombra que nunca me abandonó. Pero en esa oscuridad, también hallé la semilla de mi fortaleza.

Cada lágrima derramada, cada recuerdo desgarrador, se convirtió en el alimento de mi renacimiento. Las heridas se cerraron, no sin cicatrices, pero con una nueva piel, más resistente y flexible. Aprendí que la vulnerabilidad no es debilidad, sino la base sobre la cual se construye la fuerza.

El amor perdido me enseñó a amar con más intensidad. Las traiciones me mostraron la importancia de la lealtad. La soledad me condujo a la compañía de mi propio ser, y en ese silencio, encontré mi voz.

Las tormentas que amenazaron con arrastrarme me moldearon como el viento esculpe las rocas. Cada golpe, cada embate, me hizo más firme. Las lágrimas se convirtieron en ríos de determinación, y la tristeza se transformó en un escudo contra la adversidad.

Así que no temo a la muerte, ni a la pérdida, ni a la oscuridad. Porque sé que en esos abismos, donde las sombras se entrelazan, también reside mi fuerza. Y cuando la vida me golpee una vez más, recordaré que lo que me mató me hizo fuerte. 🌟
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